Se dice que para ser un hombre “hecho y derecho”, completo, realizado, hay que tener un hijo, plantar un arbol y escribir un libro. Considerando que a lo más cercano que llegué yo es a plantar un libro (porque era muy aburrido), tener un árbol (genealógico, y ni siquiera mio) y en esto de escribir se me acusa de no ser muy prol-hijo, pasaremos a hablar de otro. Pero no es “otro” cualquiera, ya que desde hace mucho tiempo me daría por satisfecho si llego a ser la mitad de grande que él: el Tio Tom.

Para empezar fue él quien plantó, hace mucho tiempo, el Árbol familiar. ¿Cómo que cual? Pues lógicamente me refiero al limonero de mi casa, del que tanta gente probó sus frutos y yo tantas veces probé sus pinchos (por cierto, ambos sucesos guardan una estrecha relación; de nada).

En el campo de los hijos, por esto de asegurarse, tuvo dos. Hubo un tiempo en que eran mis primos pequeños, pero a los muy cabritos se les dio por el Colacao y crecer, así que lo dejaremos en primos menores. Y nuevamente mereció la pena, aunque aquí hay que reconocerle méritos tambien a mi tía, maravillosa y “dulce” donde las haya.

Y siempre con ese ansia de superación, escribió tres libros. He de reconocer que no se los recomiendo a cualquiera, especialmente si no está metido en temas de economía, formación empresarial o sea su madre (olé mi abuela que se los lee! eso es amor de madre!)

Pero hasta aquí no se refleja nada especial de su auténtica grandeza. Todos los veranos, como buen “madrileño”, se volvía pal pueblo. Y en un gesto de “sacrificio” sin par, solía estar en casa en vez de en la playa con sus seres más queridos (aunque a veces tenía que ir a fichar).

Eran tiempos en los que mi familia era una gran familia. Y un gran lazo de unión era él. Para ello no necesitaba de grandes discursos ni charlas, ya que, a decir verdad, era hombre de pocas palabras. Pocas, pero precisas, ingeniosas, con lo más genuino de la retranca gallega, y por lo general muy sabias (una de las escasas excepciones fue pedirme que llevara el coche en el 90 cumpleaños de mi abuela, pero eso es otra historia que contaré algun dia si hago un especial “cunetas”).

También eran tiempos en los que se aprovechaba para todo tipo de tareas pendientes. Creo que la mayor parte de primos “disfrutamos” de sus clases de matemáticas de verano alguna vez en nuestra vida, e incluso alguno aprendimos a conducir y especialmente a aparcar (y no me refiero en cunetas, que eso es cosecha propia) gracias a él. Las grandes reformas o incluso pequeños apaños de casa, si podían esperar, se hacían en verano: mi madre de capataz dándonos ordenes (mientras no paraba de recordarnos que no necesitaba de ningún hombre para hacer eso), él haciendo el trabjo sucio y yo de pinche.

Otra de las cosas que marcaban su presencia era la hora del café, sagrada donde las hubiera. Pasamos por varias etapas: en el salón de casa, en la terraza, o incluso en algun bar cercano. Muy gratos momentos, aunque alguna vez no pudiera asistir por incompatibilidad de horarios (siesta Vs café, dilema que me persigue desde entonces). Y luego, si no había ninguna tarea planificada, unas cartas. Mi primer contacto con el mus (oh! envidines! cuanto os añoro en este pais de barbaros donde creen que el poker es el juego definitivo!) fue hace mucho tiempo viéndole jugar con su suegro, y tardé años en saber de que iba la película (aun tardaré otros tantos en coger esa soltura y rapidez en jugar).

Y así podría seguir contando cosas estupendas de Él hasta que me salieran canas. Porque, otra cosa no, pero cosas buenas y canas siempre las tuvo. Y por ello sólo queda decir

            Manolo, te queremos.